
Hace un rato iba yo por la calle y me encuentro con una pareja de jóvenes que iban paseando a su perro. Los miro y pienso: qué collejos. Pero en ese momento el perrito decide defecar en plena acera, lleva a la práctica su decisión, y los dos jóvenes amorosos siguen paseando.
Además de poner cara de asco y taparme la nariz por el pestilente olorcillo, pienso en los barrenderos. Me imagino a un pobre barrendero, de unos cincuenta años, con buche cervecero pero cara de bonachón, recogiendo a la mañana siguiente el elemento ya tieso y reseco pero aún vomitivo. El bueno hombre se preguntará, como yo lo hice hace unos minutos: ¿qué he hecho yo para merecer esto? No me pagan para recoger excrementos.
Y es que los barrenderos están para cambiar las bolsas de basura de las papeleras públicas y para barrer (de ahí el nombre de barren-dero) hojas y ramas de árboles, tierrecilla, polvo, incluso algún que otro papel que se haya caído de un bolsillo huidizo.
Y, como cada uno tiene su función en la vida, los dueños de perros tienen la obligación de recoger sus excrementos, porque uno es responsable de un animal para lo bueno y para lo malo y el pobre barrendero, que seguramente odie los perros y no haya tenido uno en su vida, tiene que estar día tras día limpiando las heces de Martita, la yorksire de Pepi, esa chica tan mona del quinto que pasea con su novio.
He estado a punto de decirle a la chica: eso que acaba de expulsar tu perrita es tuyo, así que lo recoges, bonita. Pero al final...sólo estoy desahogándome por aquí.
Y lo peor es que mañana el pobre barrendero.....ay, qué vida más injusta ésta.
Por cierto, ya hay hasta una Barbie recoge-moñigas!




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